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martes 15 de abril de 2008

Sobre los argumentos débiles

El libro que estoy leyendo ahora se llama "La Ciudad de los Herejes" de Federico Andahazi. No solo es un excelente libro que espero reseñar cuando lo termine por su contenido histórico y a la vez crítico hacia la sociedad medieval. También es una historia de amor y adversidades, muy conmovedora.

Estos son unos fragmentos que me parecieron muy llamativos:

"Por otra parte, [Aurelio] había subestimado la inteligencia de Christine: los argumentos que ella exponía tenían una solidez difícil de rebatir y una sinceridad tan incisiva y filosa como un puñal. Cada vez que Aurelio recibía una carta de la mujer que amaba sentía que su pequeño universo, construido laboriosamente a fuerza de las lecturas de San Agustín, empezaba a temblar desde sus cimientos."

"Al día siguiente del primer encuentro en el mercado, Aurelio se debatía entre obedecer los severos dictados de su conciencia o dejarse arrastrar por el recuerdo de esos ojos verdes y esa sonrisa hermosa y amigable. Después de mucho pensarlo, llegó a una solución que conciliaba ambas posibilidades: iría a la cita pero, a la vez, se prometió que el único motivo que habría de guiar sus pasos era el de redimirse de su pequeño e infantil pecado del día anterior. Se disculparía ante la joven, le explicaría que aquel suceso había sido un inocente impulso nacido de la debilidad. Le diría que su verdadero y único compromiso era con Dios, que ya había decidido tomar los hábitos siguiendo el camino de San Agustín. En rigor, se justificó, esa cita no sería con Christine, sino más bien con su propio espíritu: era la mejor forma de poner a prueba su templanza. Demostrando su renovada entereza recibiría el perdón de Dios, quedaría disculpado por Christine y ya no sentiría ningún remodimiento de conciencia. Armado de todas esas convicciones, llegó al lugar de encuentro. Apoyó su espalda sobre una de las columnas de la galería que rodeaba la plaza del mercado, la misma en la que había conocido el sabor incomparable de los labios de Christine. Como quien estudia antes de enfrentarse a una mesa examinadora, repasaba in pectore todo lo que habría de decirle, cuando la vió surgir desde la multitud del mercado. Su hermosura era tal que, cuanda avanzaba entre la gente, era como si todos desaparecieran a su paso. Aurelio de pronto tuvo la impresión de que ellos dos eran los únicos en medio del gentío, los únicos en la plaza, los únicos en el mundo. Por un momento, olvidó la omnisciente mirada de Dios. El pelo negro de ella se entregaba salvaje y orgulloso como una bandera de guerra flameando en la brisa veraniega. Aquellos ojos verdes ya se habían clavado en los de Aurelio y tenían ahora un gesto desafiante. Mientras caminaba, la fuerza de su resolución se manifestaba en el movimiento cadencioso de los pechos asomando por encima del escote. Y mientras se acercaba, cada paso de Christine era un golpe mortal sobre cada uno de los argumentos que Aurelio tenía preparados. Todas sus convicciones se caían con la misma facilidad con la que el viento deshoja un árbol otoñado. Las estudiadas explicaciones que había imaginado se convirtieron en el más absoluto silencio cuando, por fin, la tuvo frente a sí (...). Tardaron en comprender que no estaban solos. De pronto, la nada que había dejado Christine tras de sí, volvió a poblarse con brutalidad. El pregón de los tenderos, el ruidoso paso de las carretas cargadas con frutas, vegetales y pescado, la marea humana que iba y venía por las callejuelas volvió desde el silencio para convertirse en una realidad ajena, hostil e indiscreta."


'La ciudad de los herejes'. Federico Andahazi.