Bienvenida (Welcome) - PLAY

miércoles 30 de abril de 2008

Siete Números.


Pienso en tí. Tiemblo.
Tomo la decisión. Tiemblo.
Tomo la libreta de direcciones. Tiemblo.
Camino decidido. Tiemblo.
Llego al encuentro indeseado con ese objeto que está frente a mí. Tiemblo.
Levanto la bocina. Tiemblo.
Digito los siete números, bien de mi perdición, bien de mi fortuna. Tiemblo.
Oigo el primer timbre, no hay vuelta atrás. Tiemblo.
Pienso en lo que estará pasando al otro lado. Tiemblo.
Espero. Tiemblo.
Y finalmente... ahí está tu voz.

jueves 24 de abril de 2008

Gracias Hollywood, nos enseñaste qué es el miedo.



Es innato, es algo de cada ser sensible, es la posibilidad de un mal destino, es reconocer que las cosas pueden salir mal, es un sentimiento que nos invade de repente, en menos tiempo del que podemos usar para defendernos de él.... es algo que nos domina.


El miedo, aquel escalofrío, nerviosismo y adrenalina que se complementan con la casi indescriptible sensación de perder el seso y convertirse en marionetas, puede ser otra ficción del ser humano, un legado de Hollywood, representado por las imágenes de Hannibal, Fredy Krueger, Damián, Ghostface, profesora de Química o Álvaro Uribe Vélez.


Las películas de terror, que para todo niño fueron un desafío a la valentía y un orgullo frente a los amigos, tristemente crearon en nuestras mentes referentes oscuros y aterradores de la palabra 'miedo'. A tal punto, de ser hoy tan comunes términos como espíritu, alma, zombie, muerto, muerto viviente y otros tipos de incoherencias.


Pero el miedo, más alla de verse representado en un grito desgarrado de una garganta femenina, se representa en las acciones instintivas que acuden a los reflejos del ser humano. Lo que varían son las causas que producen la segregación del miedo en una velocidad récord: Podemos aterrorizarnos por la oscuridad, por un grito, por una sombra (legado de Hollywood), y reaccionar con otro grito, con llanto, con angustia, o corriendo (una acción instintiva). El miedo tambíen se asocia con el desconocer, con el ingnorar el futuro. Porque de esta falta de conocimiento se origina la incertidumbre, y de ésta se originan las acciones desmedidas y no premeditadas, nos convertimos en marionetas.


Es por eso que es más hombre el miedo que no le teme al miedo, que el hombre con miedo al miedo. El ser que pierde aquella confianza y valentía, para entregarse al miedo, se priva del gozo del ser humano: el ser dueños de nuestros actos. Para pasar a ser una víctima más de la manipulación. Gracias al poder del miedo y a nuestra débil capacidad de auto-control, el mundo es lo que es ahora.

martes 15 de abril de 2008

Sobre los argumentos débiles

El libro que estoy leyendo ahora se llama "La Ciudad de los Herejes" de Federico Andahazi. No solo es un excelente libro que espero reseñar cuando lo termine por su contenido histórico y a la vez crítico hacia la sociedad medieval. También es una historia de amor y adversidades, muy conmovedora.

Estos son unos fragmentos que me parecieron muy llamativos:

"Por otra parte, [Aurelio] había subestimado la inteligencia de Christine: los argumentos que ella exponía tenían una solidez difícil de rebatir y una sinceridad tan incisiva y filosa como un puñal. Cada vez que Aurelio recibía una carta de la mujer que amaba sentía que su pequeño universo, construido laboriosamente a fuerza de las lecturas de San Agustín, empezaba a temblar desde sus cimientos."

"Al día siguiente del primer encuentro en el mercado, Aurelio se debatía entre obedecer los severos dictados de su conciencia o dejarse arrastrar por el recuerdo de esos ojos verdes y esa sonrisa hermosa y amigable. Después de mucho pensarlo, llegó a una solución que conciliaba ambas posibilidades: iría a la cita pero, a la vez, se prometió que el único motivo que habría de guiar sus pasos era el de redimirse de su pequeño e infantil pecado del día anterior. Se disculparía ante la joven, le explicaría que aquel suceso había sido un inocente impulso nacido de la debilidad. Le diría que su verdadero y único compromiso era con Dios, que ya había decidido tomar los hábitos siguiendo el camino de San Agustín. En rigor, se justificó, esa cita no sería con Christine, sino más bien con su propio espíritu: era la mejor forma de poner a prueba su templanza. Demostrando su renovada entereza recibiría el perdón de Dios, quedaría disculpado por Christine y ya no sentiría ningún remodimiento de conciencia. Armado de todas esas convicciones, llegó al lugar de encuentro. Apoyó su espalda sobre una de las columnas de la galería que rodeaba la plaza del mercado, la misma en la que había conocido el sabor incomparable de los labios de Christine. Como quien estudia antes de enfrentarse a una mesa examinadora, repasaba in pectore todo lo que habría de decirle, cuando la vió surgir desde la multitud del mercado. Su hermosura era tal que, cuanda avanzaba entre la gente, era como si todos desaparecieran a su paso. Aurelio de pronto tuvo la impresión de que ellos dos eran los únicos en medio del gentío, los únicos en la plaza, los únicos en el mundo. Por un momento, olvidó la omnisciente mirada de Dios. El pelo negro de ella se entregaba salvaje y orgulloso como una bandera de guerra flameando en la brisa veraniega. Aquellos ojos verdes ya se habían clavado en los de Aurelio y tenían ahora un gesto desafiante. Mientras caminaba, la fuerza de su resolución se manifestaba en el movimiento cadencioso de los pechos asomando por encima del escote. Y mientras se acercaba, cada paso de Christine era un golpe mortal sobre cada uno de los argumentos que Aurelio tenía preparados. Todas sus convicciones se caían con la misma facilidad con la que el viento deshoja un árbol otoñado. Las estudiadas explicaciones que había imaginado se convirtieron en el más absoluto silencio cuando, por fin, la tuvo frente a sí (...). Tardaron en comprender que no estaban solos. De pronto, la nada que había dejado Christine tras de sí, volvió a poblarse con brutalidad. El pregón de los tenderos, el ruidoso paso de las carretas cargadas con frutas, vegetales y pescado, la marea humana que iba y venía por las callejuelas volvió desde el silencio para convertirse en una realidad ajena, hostil e indiscreta."


'La ciudad de los herejes'. Federico Andahazi.

miércoles 9 de abril de 2008

Mil


Hoy fuí a la tienda por unas fotocopias, exactamente eran nueve. El tendero es un buen señor, como todos los tenderos de Bogotá, que me atendió primero que al resto de clientes, y lo hizo rápido, luego me dijo: "Son novescientos pesos".


Saqué dos billetes, uno de mil y uno de dosmil pesos. Y dándose el tendero cuenta, le entregué el de dosmil después de bacilar por unos cinco segundos sobre cuál debería darle. Entonces me miró sorprendido porque no sucedió lo que él esperaba más fácil. Levantó la ceja y me preguntó: "¿Por qué no me paga con el de mil?"


-"Porque hoy es el día del billete de mil."

martes 1 de abril de 2008

COLOmbia es COLOr




Encontre un 'reportaje gráfico' que hacía un usuario de eltiempo.com, sobre la Colombia colorida en la que vivimos, a pesar de la crisis diplomática, la violencia y otras tristezas colombianas que no quiero rememorar por no ser ese mi propósito hoy, lo que si quiero subrayar es que lo bello está en lo esencial.


Las seis o siete imágenes que hay no solo me refrescaron un poco del día opaco que hacía. También reavivaron en mi el sentimiento patriótico que tengo por encima de tantos etcéteras colombianos. Volvieron las imágenes mentales que tengo de una niñes muy sencilla, pero colorida, de tres colores que combinan muy bien, del color de una sonrisa, el del café, el de las esmeraldas, el de las montañas, el de la esperanza... El de los mares, el del cielo, el de las frutas...


Colombia es todo un collage y si por alguna razón llegue a leerme un extranjero, dirá: "Joerrr, estos colombianos sí que son patriotas". Pues señoras y señores... así es.